La pared es blanca. Y detrás de ella, el infinito negro del vacío se extiende hasta los confines del propio existir. Una luz fluorescente brilla sobre mi cabeza y su reflejo espectral se proyecta sobre el muro, entonces, puedo ver también lo que hay detrás de mí; las sombras distorsionadas por las ondulaciones naturales del material, cerámica o metal. Qué sabré yo sino tan solo que, de la integridad de aquel muro, depende mi vida.
Anoche, el muro que escudriñé al despertar se erigía como un techo abovedado sobre mi camarote. Cuando me dispuse a dormir, la escotilla estaba ya cerrada y me brindaba suficiente privacidad como para conciliar el sueño; me miraba atentamente desde la pared de enfrente, perpendicular al suelo que ahora se levantaba como un muro más de mis aposentos. Las noches son pacíficas al interior del nódulo y lo único que acompaña a uno es el eterno rumorar de los cicladores de aire. Es un ruido blanco perpetuo y que, en la mejor de las situaciones, arrulla a uno hasta la inconsciencia. En algún momento me quedé dormido.
Desperté, víctima de la impersonalidad propia de aquel que se despierta sabiéndose soñador, y del vértigo de quién se encuentra cayendo de forma perpetua en el vacío. Sentí nauseas, ganas de orinar y punzadas en la frente, golpecitos ensordecidos que me nacían desde el interior del cráneo. Todo ello paso a segundo plano cuando descubrí la escotilla abierta. Estaba varios metros por debajo de mí. Deseé vomitar, pero no lo hice.
Con pesadez, me esforzaba por mantener los ojos abiertos. Los párpados me dolían, y el cuerpo se me antojaba demasiado estorboso. En cambio, mi mente me pareció más sagaz que nunca y, en un instante, una cascada de imágenes y recuerdos diáfanos cayó sobre mi conciencia. Una vorágine de emociones se formó de aquel sueño y, aún sin entenderlo bien, decidí que mi aprehensión se debía a la propia absurdez del idilio. En ese momento, me bastó para mantener la cordura.
Cuando me armé de suficiente valor, solté la correa plástica que me unía a la cama, impulsándome con las manos y tratando de dejarme caer. Pero mi cuerpo se separó con gentileza de las finas sábanas que me cubrían, y ahora, me imagino en aquella situación; estoy desnudo y mi propio peso se funde con el aire que me rodea; me veo flotando a mitad de la habitación, con la cama detrás de mí, quizá debajo o al frente, en realidad ya no lo sé.
Sin estar muy seguro del cómo, mi cuerpo derivó hasta el pasillo, mis manos eran aletas y mis piernas una delgada cauda que me permitía nadar en un océano invisible. Una corriente de aire frio me recorrió la piel, pero yo continué flotando hacia el extremo superior del tubo, a lo largo del cual, una gruesa línea de luz verdecina yace incrustada sobre el suelo. Yo la seguí, aunque, si lo pienso bien, podría bien encontrarse en el techo. Tras subir por un rato, atravesé un amplio umbral y el inconfundible hedor de los alimentos me inundó la nariz. El estómago me gruñó y comencé a salivar.
—Hemos comenzado sin usted, profesor —me dijo una voz masculina, desde arriba. Él ríe—. Todos hemos despertado temprano.
Una amplia mesa nacía del techo sobre mi cabeza y, desde ahí, cuatro pares de ojos me miraron con intriga. Yo solo pude observar los trozos de fruta suspendidos en el aire, rotando sobre sí mismos. Mi vientre vibra y un sonido, que bien podrían ser mis tripas desgarrándose, emerge desde mi interior.
—No te quedes ahí flotando —Tiene el cabello castaño, y en su rostro las arrugas engarzan una mirada azul, con la que me invita a tomar asiento—. Roney ya está trabajando en el control gravitatorio.
—¿También podemos deshacernos de los monos, doc? —preguntó el tercero de ellos, a modo de burla.
—No lo hagas —respondió la cuarta ocupante de la mesa, y yo noté su juventud y la vivacidad en su voz—. No cuando estamos comiendo.
En ese momento, caí en cuenta de mi desnudez y pude sentir la sangre subiendo hacia mi rostro. Intenté pedir disculpas, pero nadie me miraba ya. Con cada sorbo de café, podía sentirme volviendo a la realidad y, al terminar con la segunda taza, me encontraba más seguro de mi lucidez que nunca. Aún nos encontrábamos sentados cuando Loren colocó ambas manos sobre la mesa, y nos miró a cada uno con el semblante serio.
—Entraremos en el radio de influencia antes de mañana —anunció.
Todos permanecimos en silencio. Loren apretaba la mandíbula con fuerza, centrando la mirada en un plato con sobras. El cabello le caía sobre la cara y entre la maraña marrón pude notar el vidrio de sus ojos. Por eso no dije nada. Porque sabía que era demasiado joven para ser nuestro cosmólogo y él parecía intuir lo mismo; en aquel momento lo confirmé.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Darwin. Dirigió a mí su mirada y, por un momento, me perdí en aquellos ojos.
—Alrededor de quince horas, doctora —susurró él—. Los instrumentos detectaron el aumento en la incertidumbre esta mañana.
—¿Que significa eso? —espetó ella, impaciente.
—Son los intercambios de energía, nuestro modelo sugiere que el sistema tiende hacia dos puntos al mismo tiempo —nervioso, aspiró con fuerza y se relamió los labios—. Entonces las mediciones colapsan y…
—¡No entiendo nada! —le gritó.
Él dejó de hablar de inmediato, contrayéndose sobre sí mismo como un animal asustado; ella me miró con exigencia, pidiendo una explicación que pudiese entender. Pude ver que algunas lágrimas escurrían por el rostro casi adolescente del muchacho. Entonces volví a pensar en que era demasiado joven para estar ahí.
—Loren —dije con cautela, sopesando las formas de comunicar una respuesta que no conocía aún—. ¿Qué tan grandes son las cuencas?
—No lo sé, profesor —me respondió con voz llorosa—. La biestabilidad es algo teórico, usted lo sabe.
—¿Hacia dónde nos dirigimos? —insistí.
Aún puedo verlo, garabateando con una mano temblorosa, y después limitándose a escribir un par de números. Una gota de sudor escurría desde su frente hacía la nariz; la seguí con la mirada, pendiendo de la punta de su rostro, cayendo sobre el papel. ¿Pudo haber sido una lágrima? Cuando me extendió el papel a través de la mesa, lo tomé con cierta incredulidad. Pero entre las manchas amarillentas de comida, entendí que su angustia se debía a un resultado que yo sabía bien cómo interpretar, pero me convencí de que era algo que no tenía sentido.
—Los sensores se han estropeado —aseveré.
—Ninguna sonda ha llegado más lejos —contestó ella.
—De cualquier forma —traté de convencernos—, los escudos nos mantendrán a salvo. Por la mañana estaremos del otro lado.
Darwin me miró directo a los ojos y yo mantuve el contacto visual tanto como pude. Coloqué mi mano sobre su hombro y, no sin escepticismo, deseé que su miedo se esfumara. Todos estábamos asustados, esa era la realidad. Pero la ansiedad de Doc, como la solían llamar, había crecido de forma exponencial a medida que nos acercábamos al horizonte. Yo lo había notado; las uñas mordidas y las caminatas nocturnas, los atracones de comida y los somníferos autoprescritos.
Todos teníamos miedo.
Crecimos escuchando historias sobre la muerte de nuestro mundo y lo antiguos navegantes del espacio; esa última frontera, arrebatada a nuestro pueblo por una de las grandes hambrunas y recuperada en un intento desesperado de escapar de la extinción.
Cuando nuestros pioneros se arrojaron al vacío, la naturaleza cruel del cosmos los lanzó de vuelta. Generaciones completas luchando por superar nubes de radiación, objetos inmensos a la deriva que destruirían cualquier nave, temperaturas extremas y la soledad intrínseca a los grandes viajes. Por cada transbordador enviado, el vacío nos regresaba un nuevo puñado de mártires.
—¿De verdad cree que se han estropeado? —me abordó Loren, más tarde.
—Puede ser —respondí y me limité a darle una mirada apagada.
—¿En serio estaremos bien?
—No lo sé —dije.
Aquella fue otra noche intranquila. El sueño me secuestraba a ratos, liberándome en los momentos cuando comenzaba a descansar.
A mitad de la noche
lo vi.
Ello me miró de vuelta.
Un halo de luz rodeaba su silueta, que, envuelta en un ligero pijama, se mantenía de pie frente a uno de los monitores. Mientras me acercaba a ella, podía sentir a todas las estrellas de la galaxia atravesando los poros de mi piel. Algunas explotaron cuando posé mi mano sobre su hombro desnudo, y fue como si ella me hubiese estado esperando desde hace mucho; permaneció calmada, abrazándose a sí misma. Entonces entrelazó sus dedos con los míos y yo pude sentir su fría piel.
Me besó con ternura al principio. Yo correspondía empeñándome en ello. Cuando la escotilla de su camarote se cerró detrás de nosotros, sus labios me aprisionaban con violencia, y podía sentir mi piel estrujándose bajo la presión de sus dientes. Hundía mis uñas en su carne, y ella gemía, intentando reprimirse. Recorrí con ansia su espalda y sus pechos, su rostro y su cuello.
Su cuello.
Se deformó con facilidad entre mis manos. Yo miraba con obsesión sus ojos desconcertados y como sus labios se movían con desesperación, poco a poco, fueron perdiendo su color. Ella rasguñaba mi espalda con toda la fuerza que tenía, no sentí dolor.
Le arranqué la nariz.
Fue casi un instinto, antes de que su consciencia se esfumara la bese en la boca, en los parpados, en la frente. Cuando mis labios tocaron la punta de su nariz, mi boca cedió ante un terrible instinto. Sentí su sangre recorriendo mi garganta.
El espejo del baño me miraba, acusatorio. Pero mi mente estaba despierta, y entonces yo entendía lo que tenía que hacer. Darwin ya estaba perdida, todos lo supimos tras la primera de sus crisis. Me lavé con cautela, casi con deleite. Cuando el agua que escurría de mi cuerpo fue transparente de nuevo, decidí vestirme con mi mejor ropa. Tras lo cual salí al pasillo.
Loren dormía sobre la consola principal. Era demasiado delgado para ser un adulto, y demasiado joven para estar podrido. Pero los hechos eran irrefutables y el nerviosismo en su voz era la prueba definitiva de su naturaleza perversa. Lo de las sondas se explicaba solo a partir de ello. Casi parecía un niño, un deferente y servicial. Lo imaginé hablándome con su voz, quizá demasiado fina para ser de un hombre. Siempre llamándome profesor.
Fue fácil tomarlo por sorpresa. Su cabeza resultó tan ligera, que desde el primer golpe pude escuchar como su cráneo se deformaba por el impacto. No me detuve en un buen rato, hasta que al final fueron mis nudillos lo que golpeó la consola con fuerza.
Lamí la sangre de mis dedos.
Los otros tres representarían un problema. Roney, la mecánica, jamás salía de los niveles inferiores. Yo moriría electrocutado entre los cables y la poca luz que había allí antes de poder dar con ella. Los otros dos serían un asunto más difícil.
El capitán de la nodriza creía que podríamos encontrar formas de vida hostiles, así que, en lugar de enviar a dos exploradores adicionales, Laura y Pastor figuraban como enviados encargados de la seguridad. Dos jóvenes soldados que entendían del cosmos lo mismo que nosotros de ellos.
Pensaba en lo que haría mientras caminaba hacia el camarote de ella. Al llegar, me recibió una escotilla abierta y una sombra inerte flotando en mitad del aire. Distinguí el cuerpo ensangrentado de Laura cuando mis ojos se enfocaron en ello.
—Así que también lo has escuchado —dijo Roney, a mis espaldas.
—Creí que yo era el único —sonreí—. Así será más fácil abordar a Pastor.
—Ya lo he conseguido —me respondió. Su mano me recorrió el rostro y yo pude sentir el tacto húmedo de la sangre ajena—. Fue fácil acercarme a él.
Entonces caí en cuenta de su desnudez, y reí por ello. También me deshice de mis ropas, porque todo estaba bien. Sus manos improntaron una decena de marcas carmesí sobre mi cuerpo. Me besó en los labios.
La pared es blanca. Y detrás de ella, el infinito negro del vacío se extiende hasta los confines del propio existir. Una luz fluorescente brilla sobre mi cabeza y su reflejo espectral se proyecta sobre el muro, entonces, puedo ver también lo que hay detrás de mí; el cuerpo de Roney cerca del mío, el transmisor empapado en la sangre de Loren.
—Ya lo he transmitido —me sonríe ella—. ¿Crees que vendrán?
—Por su puesto —alego—. Hemos atravesado la zona de influencia. Pronto Ello también le hablará al resto de la tripulación.


