(B) Si la anomalía es algo vivo, acabar con ella los liberará. Si es algún otro fenómeno más raro, entonces ya decidirá que hacer sobre la marcha. Sus plegarias se intensifican a cada paso que da, a medida que se aleja de lo que prefiere ver como un campamento improvisado y no como un montón de rocas. Se mantiene alerta de los muros, esperando no dar una vuelta en falso, no perder la orientación o no verse encerrado en algún pasadizo ciego sin darse cuenta. Memoriza cada tramo, cada esquina e intersección, a sabiendas de que es posible que a futuro sea inservible. Aun así, intentarlo lo consuela, así nadie podrá recriminarle el no hacerlo.
Decidió que el brujo ya había hecho suficiente, incluso a costa de su vida. Una impresión de respeto se formó sobre la imagen que tenía de él. Era cierto que les había comprado tiempo, el frío había disminuido al interior del refugio, y tras varias horas la temperatura del aire había vuelto a subir. Con el ambiente templado, el andar había le había devuelto el calor a su cuerpo, desde los brazos hasta las piernas. La parte de sus ropas que ha cobijado al brujo desprenden aquel aroma que él ha asociado al poder, como a especias, como a fuego.
El agua está por terminarse, pero creyó ideal dejarla en el escondite. No la necesita, pues antes de sentir el azote de la sed, un mal habitual entre quienes viven entre las dunas, será libre o estará muerto, o peor, será engullido por la corrupción y esta se apoderará de su cuerpo y de su mente, como lo hecho con su padre. Reza por no morir así. Reza, aunque la figura de Aheb le sea tan indiferente, tanto en la misma medida en que una sencilla existencia terrenal le es indiferente a una de las voluntades, quizá inexistentes. Reza por su vida y la del brujo, así como Ma le hacía rezar de niño por su abuela y por él, siempre antes de ir dormir.
Mira hacia arriba. Infranqueables muros construidos con enormes rocas amarillas, pálidas y enfermas, que se alzan hasta alcanzar el cielo mismo; un cielo negro que se observa sumido en una brumosa nube oscura, tan densa que Zev cree posible que caiga sobre su cabeza en cualquier momento. Se pregunta cómo es que antes hayan sido solo rocas, rocas pesadas y amorfas. O es acaso que siempre han sido altísimos muros y todos los han percibido, engañados, como aquel inerte montón de piedras. Pero otros cazadores habían entrado antes, desde su aparición solo ha sido tal montón, todos aquellos ojos lo confirmarían de ser necesario, los ojos de Cid lo harían.
—¡A todos ellos no se los ha tragado un laberinto! —maldice y sigue caminando, como si de una patrulla rutinaria se tratase, solo andando, observando.
Sus deberes como parte del grupo del jefe consistían en poco más que andar por el desierto, familiarizarse con él y sobrevivir, prácticas de guerra incluidas. Había trazado un mapa mental de una amplia región al este desde la galería, por lo que le era casi imposible perderse ahí, donde encontraron al brujo, donde se refugiaron en una bóveda. Por eso había sentido un inmenso pesar cuando aparecieron las rocas/laberinto, enclavadas en el norte, un monumento al dolor que aqueja a la tierra, atestiguado por una quieta llanura de arena. Era un cielo blanco y brillante que perecía y se convertía en un festín de rosas y anaranjados, fundiéndose hacia el azul, el rojo y, al final, el negro.
No conocía bien aquella región, internándose a lo mucho a medio día de distancia, siempre en compañía de otros cazadores. La tierra yerma y estéril volvía una tarea ardua el encontrar fuentes para abastecerse y el calor, reflejado por la blanca infinitud de arena, enfermaba a más de uno, exploraciones enteras fracasando por la debilidad de sus mentes, de su temple. Existían las bóvedas, siempre había alguna cerca, así lo dispusieron ellos, los meká, que creían en otras voluntades si no en otras fuerzas, quizá arcanas, quizá inexistentes. El problema era que nadie había encontrado ningún refugio en aquella zona. Los pocos cazadores interesados en explorar aquel inerme suelo a menudo suelen cargar un gran montón de víveres, avanzando lento, sobreviviendo quién sabe cómo.
Por eso tuvo que reprimir con fuerza el deseo de negarse a revisar una vez más la anomalía. Si el propio Cid sugirió que llevara consigo al forastero, pues tal vez él podría descubrir algo, no podía rechazar la idea. En realidad, era una orden, muy a la manera del jefe. Sabía que tenía razón; sentidos amaestrados para leer el flujo del zoon podrían detectar algo más, entender algo. Ma era ya demasiado vieja y él solo era capaz de sentir las corrientes más notorias. Además, el forastero había llegado hace casi seis lunas, quizá ninguna de las que penden del cielo, acostumbrado al vacío de la corrupción, pero sí de los sistemas de drenaje y purificación que funcionan sin interrupción en la galería, cuyo ciclo se alinean con el ir y volver de los astros por algún motivo esotérico que no comprendía bien. Por eso creían que el brujo podría ser confiable. No había causado algún problema y Ma Uzi aseguraba que era un buen muchacho, solo algo retraído. Nowa creía lo mismo. Él lo intuía, pero prefería especular sobre otras cosas.
Durante seis lunares lo miró observar con detenimiento a Ma mientras esta preparaba alguno de sus brebajes, acomodaba hierbas, cortezas y semillas en frascos o bolsas, o tan solo mientras cocinaba. Procesos si bien no diferentes. Esa etapa contemplativa había despertado el desasosiego de Zev. Era estudiar a un animal apacible, con terribles garras y colmillos ocultos en algún lado. Él mismo había atravesado por aquella etapa, ¡cuando era un niño huérfano y el malestar le embargaba al separarse de Ma!
Puede que deseara que intentase algo, escapar, atacarle mientras dormía. Los forasteros siempre podían ser personas con intenciones extrañas, así lo ocultasen durante algún tiempo. Eso decía Cid, eso piensa él. Por eso supone que el jefe se vio, a su vez, bajo la ordenanza de Yorbald, siempre recurrente al consejo de Uzi, siempre noble. “Tal vez demasiado” pensó.
Es por lo que ignoró aquel fuerte presentimiento. Ahora estaban aquí: él en búsqueda de una salida, el brujo recuperándose. ¿Será ese el precio de ignorar un presentimiento? Cosas indeseables ocurren, la gente llega a morir.
Uno le llegó apenas fue capaz de decir oraciones más o menos coherentes, un sentimiento tan violento que hoy aún lo recuerda, incrustado como su primer recuerdo. Expresó su malestar a los rostros olvidados de su padre y de su madre, expresó su malestar a Ma. Nadie le hizo caso. Lo siguiente fue huir al desierto, escapar del azote de la nada, la corrupción consumiendo a su padre.
Los muros son violentos, intimidantes. Perpetuos escoltas de un espacio muerto que ha permanecido vacío durante demasiado tiempo. Llega a una intersección, tras decidirse, se encuentra en seguida con otro camino bifurcado, toma la dirección contraria, solo porque le será más fácil recordar el camino así. La tenue luz seguía ahí, fría y distante.
Un doloroso escalofrío recorre su espalda al sentir aquella corriente de zoon. En aquella sección, los pasillos se vuelven estrechos y el firmamento parece aún más alto. La niebla se ha disipado y unos puntitos brillantes adornan el cielo antes cubierto, parpadeando cuales ojos mirándole. Se preguntó si serían las voluntades, observándole. Y sus creencias tambalearon frente a esa idea. Por eso decidió continuar, siguiendo la corriente que percibía por detrás de las orejas y en la punta de los dedos. Siguió andando para no pensar, para evitar verse como un condenado.
El flujo de zoon era intenso y, al mantenerse quieto el tiempo suficiente, podía sentirlo atravesando su cuerpo, era agradable. Si encontraba lo que sea que causase ese flujo, seguro hallaría también algo que los condujese a la salida.
En algún punto de su camino, atravesó un estrecho portal de piedra; finos labrados decoraban las columnas que lo sostenían y, en el punto más alto de la estructura, un símbolo torcido se impone a quién sea que cruce por debajo. La impresión es punzante y lo desconcentra, cierra los ojos y trata de entender. Y es que siente el calor grasoso de la sangre escurriendo por sus manos, impregnando su ropa. Incluso un olor férreo se ha colado a su nariz. Siente náuseas.
Entonces tuvo un presentimiento por segunda ocasión. Después de haber sido arrastrado por el desierto, sin ninguna tregua, como mera mercancía. Se hallaban cerca del pie de las montañas, monolitos tan altos cuya sombra enfriaba el valle pocas horas después del mediodía. El sol seguiría en el cielo durante un rato, pero ellos caminaban en una suave penumbra. Así llegaron a aquella torre, bloques oscuros, roca de las montañas, grabados exóticos en los marcos, en las columnas. Un medio circulo orientado hacia el suroeste de una brújula y debajo, unido por el vértice, un ángulo cerrado y un poco inclinado hacia el mismo lado. Deseo no entrar a aquel edificio, pero aquello no era negociable.
Nadie más, sus captores y él. Esas figuras embebidas en rojo rieron, bromearon sobre algo de ser los primeros y poder descansar más. Además, su recompensa sería grande, aseguraron entre sí. Por eso decidió que era el momento. Intentó desatar la cuerda, pero sus esfuerzos eran inútiles. El movimiento del lazo, la dirección y fuerza apropiadas y la fricción del material, eran demasiadas cosas que tomar en cuenta, su saber no alcanzaría a conseguirlo.
El interior era oscuro, lóbrego. Un tapete suave crecía sobre una de las paredes, era verde, y aunque el color no era vívido en particular, sí indicaba que aquello estaba vivo, en aquel páramo de muerte. Sonrió ante tal idea y deseó poder mostrárselo a Ma. Extrañaba el calor del fogón de la cocina y el sonido que salía de él al hacer los trozos de carbón arder. Aquella sustancia negra era tan abundante que el fuego podría arder por siempre, con tal intensidad que quemaría la casa entera, las cortinas y las camas. Así fue como consiguió liberarse; porque era más fácil reducir a cenizas ese nudo que desatarlo. Y aunque sus muñecas ardían, laceradas por su propio hechizo, permaneció en silencio, esperando.
Y el presentimiento estaba ahí.
Sabía que provenía de una tribu aniquilada por los estragos de la corrupción. Era descendiente de pecadores y conocía bien los crímenes de su gente a lo largo de la historia; Ma se lo había contado, en parte con orgullo, en parte con terror, con dolor. Se decía que algunos de ellos, coetáneos de los meká, podían leer el cielo, descifrar la maquinaria celeste como si de un reloj anclado a una pared se tratase. Nadie sabe con certeza qué es aquello que veían, si en el recorrido de los astros se hallaban ocultos el destino o la suerte, o si un saber más profundo acompañaba su observación. Pero nobles y generales, guerreros y sabios, acudían con frecuencia a ellos, en sus momentos de mayor aflicción, urgidos de una respuesta del cosmos, un consejo casi divino.
Engullidas por el paso del tiempo, aquellas artes se oscurecieron, terminaron por hundirse en la nada, junto con el firmamento resplandeciente que les servía de guía. Para cuando el manto del vacío cubrió por completo el cielo nocturo, ellos ya no existían. Su saber se diluyó entre las corrientes del tiempo, pues sin un cielo que leer, aquel entendimiento resultaba obsoleto, ofensivo; un recordatorio de lo que les había sido arrebatado. Pero entre esas mismas corrientes, aprendieron a leer los sueños y con ello una fracción del esplendor pasado volvió. Los nómadas salieron al mundo, esparciendo su saber, contando sus sueños y escuchando los contados. Pero los sueños no protegen contra los horrores de la noche corrupta. Los meká guiaron a los restos de una golpeada población, pero ellos también se fueron, un día ya no estaban, sus máquinas, inservibles, ajenas a todo los demás.
Pero eso sucedió hace mucho tiempo, tanto que ya solo se cuenta como historias de cuna a los niños, tanto que ya solo los historiadores llevan la cuenta de los años que han seguido a aquella época. Y aun así, esa es la historia en común de las tribus, todos hijos de los antiguos, todos hermanos de Aheb, el que ascendió como Voluntad, el que lo ha abandonado y ha permitido que cayese a merced de un grupo de traficantes.
Al fresco de la torre, sus captores dormitaban. Su presa, impedida y magullada, estaba hecha un ovillo en el extremo contrario de la habitación. Estiró su brazo en silencio hacia uno de sus pies. Al sentir el mango poroso que se escondía junto a su piel, lo sostuvo con decisión y lo sacó tratando de no llamar la atención. Ellos habían mencionado ser los primeros, es decir, había más; y cuándo aquellos volviesen, no tendría entonces la menor oportunidad de recuperar su libertad, de ver otra vez a Ma, a Nowa.
Se permitió romper los principios de los cazadores, decidió que era su única opción. Sus movimientos fueron ágiles y su correr veloz. Se decidió por el pequeño porque creyó que sería capaz de hacerle más daño, la corta hoja de plata podría penetrar más a profundidad en él. Seguro del grandote podría escapar corriendo.
El impacto fue ambiguo, primero la tela se opuso a ser desgarrada, una resistencia muy fina. La piel cedió con más facilidad y entonces la hoja se deslizó hacia el interior de un hombre. El mango marco el tope y la sangre lleno sus manos, sus ropas. Lo atacó de frente, justo en el pecho. Al buscar al grandote lo encontró ya lanzándose sobre él, recibió el golpe de lleno, en el costado, por debajo de las costillas. El dolor se expandió cálidamente por su cuerpo, y por un instante observo su alrededor, un rayo de luz se colaba desde un tragaluz y daba de lleno sobre uno de los tapetes vivientes que cubrían el suelo.
El golpe lo lanzó lejos. Tanto que permaneció en el suelo al caer, aturdido, adolorido. Cuando intento levantase un golpe le dio directo en la cara, una mano lo tomo por el cuello y lo levanto en el aire. Gruñidos, algo sobre la belleza, las mujeres, la guerra y la obediencia. Una risa sádica y un filo disrumpiendo su rostro, justo sobre la nariz y de un lado al otro de la cara. La tibieza de la sangre en las mejillas, en las fosas nasales y en la boca, el dolor. Su mirada se perdió entre las lágrimas y la extrañeza, ¿así iba a morir? Sintió su cuerpo caer al vacío y desvanecerse.
Espabiló al oír la voz del jefe, al sentirse levantado por un hombre y puesto a caminar de un empujón amistoso, al tiempo que era llamado “recluta”. No sabía por qué veía a Cid, no sabía por qué donde había estado el grandote una masa inerte de algo rojizo y húmedo se esparcía por el piso. Cid se acercó al más pequeño, quien observaba arrinconado contra una pared, moribundo, con la daga ensangrentada en su regazo y las ropas empapadas en su propia sangre. Escupió algo incomprensible en su propia lengua, con los ojos inyectados de sangre y respirando con pesadez. Después escupió hacía Cid, y cuándo la saliva sanguinolenta aterrizó sobre su zapato, el montoncito de tela roja ya estaba muerto.
—Hoy tú no has asesinado a nadie, Zev —le dijo al mirarle a los ojos—. La tribu preguntará y entonces tu dirás la verdad y solo eso, qué he sido yo.
Pero Zev conocía el tacto de un arma, la caricia cálida e inocente de la sangre ajena sobre la piel, conocía el deseo de hacer daño, la voluntad de terminar la vida a alguien. No asintió ni negó, no dijo nada más aquel día. Se alejaron a toda prisa de la torre, el cielo rosado los observaba mientras huían, un hombre y un niño que corría cuando le era dicho que corriese, se mantenía quieto cuando le era ordenado y se ocultaba cuando debía hacerlo. No dijo nada cuando notó que su destino no era la entrada a la galería, sino las montañas que ahora tenía más cerca que cualquier vez.
Un denso bosque de una especie de árbol ralo y grisáceo cubría las faldas de la cordillera, compartiendo linde con la arena, que en aquella región del desierto era gruesa y marrón. Creyó que se detendrían a descansar, aunque sea un momento, que se ocultaría junto a Cid y retomarían la marcha al amanecer. Se adentraron en línea recta durante casi una hora, después viraron. Continuaron andando, cordillera a la derecha, siempre siguiendo los picos que, contrastantes con el cielo ocasino, lucían casi como un recorte en negro del paisaje, inexpresivos gigantes, congelados en el tiempo y en el espacio. Volvió a imaginar el otro lado; el agua que abarca hasta el final de todo, el sol reflejado sobre su superficie.
Y tembló ante tal visión. Quizá de emoción, quizá de miedo.
Las corrientes de zoon son inestables al interior de los pasadizos, o así las percibe él. El zoon se aglutina en gruesas espirales turbulentas, se amontona al frenarse contra los muros y contra el techo, que ahora se le antoja demasiado bajo. Se mira a sí mismo, condenado a caminar por el resto de la eternidad a través de una estrecha prisión tubular, una trampa larga y estrecha. Y es que descubrió que los pasillos eran peligrosos, y que era como si una conciencia expectante tratase de terminar con él con elaborados mecanismos y trucos.
Primero fue la voz. Caminaba a paso lento, cuando lo llamaron desde atrás. Primero fue la voz de Nowa, gritando su nombre. Se echó a correr en su dirección, entonces el brujo lo llamó también, por su nombre. Se habría recuperado y entonces, intentando seguirle la pista, húbose encontrado con Nowa, quien habría conseguido llegar hasta ellos. Se sintió aliviado. Entonces Ma también habló, desde lejos, usando un sobrenombre ridículo por el cuál lo llamaba cuando era un niño.
Ahí fue cuando se detuvo.
Echo a correr hacia el lado contrario a las voces. Era imposible que Ma estuviese ahí; era anciana, frágil. Además, era demasiado peligroso, ella era muy importante para la tribu, así que ni Yorbald ni Cid le permitirían correr al encuentro con su nieto.
Lo segundo, el hombre.
De cabellos dorados y facciones finas, es un hombre adulto con el rostro deformado por una brutal inflamación. Los ojos ennegrecidos y los labios quebrados. Llagas supurantes y negras cubriendo todo su cuerpo y finas lineas oscuras que le recorren por todos lados, ramificándose, como se describe en los libros a aquellos enfermos por la corrupción. Una precisa estocada le adorna el cuello. Con la mirada clavada en Zev, quien cubre su nariz y boca con sus ropas, el cadáver continúa ahí, muerto, entonces él avanza y el llanto de una mujer nace de algún lado. Por un momento aquella voz le figura a Ma Uzi. Reprime sus dudas, pues solo ha de importarle el salir vivos de ahí, es su deber como cazador, como guardia del extraño brujo.
Tras seguir por un rato, las paredes se convierten a versiones humedecidas, extrañas manchas negriazules emergen de las comisuras que hay entre los bloques que componen al muro, que lo rodea por encima, formando una bóveda. Delgados charcos se forman sobre el suelo y nota una gotera por ahí y otra por allá. La humedad lo sobrecoge, acompañada de un hedor metálico, orgánico. Al no mirarlas directamente, los brotes oscuros parecen transfigurarse, expandiéndose en algunos lados y contrayéndose en otros, con agresividad. Su vista se ha acostumbrado ya a la oscuridad y, aunque avanza con seguridad, su mente se halla impregnada de la hiel más amarga. Una bilis psíquica que siente derramarse desde la coronilla.
Observa uno de los muros, buscando distraer a su mente del desasosiego, aunque sea por un instante. Es más como una esponja que como una mancha, un tapete como aquel que invadía una lejana torre del poniente. Aunque a diferencia de aquel, tierno y vivaz, las manchas que devoran muros, techo y suelo, parecen hostiles, enfermas, listas para saltar a un cuerpo desprevenido que ose sacarlas de su letargo. Por eso decide que lo mejor es evitar tocarlas, aunque muy pronto se da cuenta de que ya es imposible avanzar sin tener que pisar a algunas de ellas. No hace falta pensar en que dirección continuar, la corriente de Zoon lo empuja hacia el lugar que busca, no puede ser otra cosa.
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